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Hacer participar a la gente en una organización o en un territorio no es un asunto de moda, aunque muchos así se lo tomen. La participación es una estrategia de gobierno, ya sea en un ayuntamiento o en una empresa. En los territorios, la participación genera un espacio de diálogo que permite a la ciudadanía intervenir de manera directa en las decisiones públicas. En las organizaciones, estrecha lazos entre empleadores y empleados, vinculando a los segundos en la estrategia empresarial.

Pero sobre todo: hacer participar a la gente de las decisiones permite tomar mejores decisiones. Y punto. Hay demasiada bibliografía al respecto como para gastar más caracteres de los necesarios en justificar esta afirmación.

Pese a todo, la participación no abunda; los casos exitosos de participación no abundan. Y es que no es tarea fácil. Articular mecanismos de participación que deterioren las relaciones entre los agentes implicados es relativamente sencillo. Fastidiarla es el resultado inevitable si se actúa por inercia y sin planificación. La participación es igual a mejores decisiones, sí, pero si el proceso participativo no tiene presentes algunos criterios metodológicos, la participación es igual a fracturas (casi irremediables) en la confianza mutua de los actores implicados.

Son muchas las barreras (y remedios) que hay que tener en cuenta. Imposibles clasificarlas en un post que pretende, cuanto menos, ser leído de una tacada. Por ello me detengo en un elemento que suele pasar desapercibido en las guías y manuales sobre participación y/o facilitación, uno que reside en el concepto de sospecha en la participación.

Hacer participar a la gente no basta. La interpretación, o hermenéutica, que se tiene previamente de los procesos participativos va a marcar el diseño de los mismos. Si se parte de una (hermenéutica de la) sospecha, se parte de una perspectiva condicionada del proceso participativo, de unas premisas limitantes sobre el poder de la participación que, lamentablemente, están más instaladas de lo que pensamos en dirigentes de organizaciones y territorios, así como en facilitadores y diseñadores de estos mismos procesos.

Esto da para mucho, así que por aquí tan solo me detendré en un par de síntomas que pueden hacernos ver que la sospecha* está instalada en el proceso participativo.

Síntoma 1: los demás no tienen plenas capacidades para aportar(nos) demasiado.

La hermenéutica de la sospecha empuja a pensar que la gente está demasiado alienada y que actúa de acuerdo a unos principios inconscientes que los superan y determinan. Sus vivencias cercanas no les permiten ver más allá de sus propios contextos.

Desde “arriba” se infravalora el saber de los otros y se cree que desde allí arriba se tiene más conocimiento sobre cualquier asunto que afecte al colectivo. Ello permite de manera directa poseer más capacidades para pensar por y para el colectivo. La sospecha en los otros se refuerza desde una relación de saber y poder desigual, que se evidencia a través de conductas relacionales o verbalizaciones que se van sucediendo incluso antes del proceso participativo.

Recuerdo una reunión con los técnicos implicados en un proyecto de intraemprendimiento en una empresa, antes de comenzar un proceso participativo, en el que después de cerrar algunos flecos para arrancar, asestaron un “la verdad que el proyecto está bastante chulo, pero en la práctica sabemos que realmente la gente no nos va a decir nada nuevo. Así, tal cual. Afortunadamente, los resultados posteriores les hicieron cambiar de perspectiva respecto al poder de la participación.

Esta creencia limitante se contrarresta con el principio de subsidiariedad que ha de prevalecer en la toma de decisiones empresariales y/o colectivas. “Un asunto debe ser resuelto por la autoridad más próxima al objeto del problema”, reza el principio en su máxima expresión. Hacer partícipe del proceso de decisión a quienes se sitúan cerca del problema a resolver es una aproximación a la gestión de la toma de decisiones que, en sí misma, representa un marco ético para la autonomía, iniciativa, espíritu emprendedor y responsabilidad de las personas. El conocimiento se construye a partir de lo que aportan los expertos temáticos, sí, pero también de lo que aportan los expertos vivenciales, que son la ciudadanía (en los territorios) y/o los empleados (en la empresa).

Síntoma 2: preguntemos a la gente qué les parecen estas soluciones

El conocimiento, desde la hermenéutica de la sospecha, está en manos de los expertos, que son los que han de crear el contenido que, si acaso, ha de llevarse a la participación. La sospecha, por tanto, dictamina un modo de relación en el que desde arriba se trata de informar, concienciar, hacer comprender, convencer o sensibilizar a los otros.

Desde la sospecha, las organizaciones generan proyectos en función de lo que se cree que necesitan los otros, diseñando la participación a partir de ideas que están ya previamente definidas. La sospecha en el proceso limitando la libertad participativa provoca rechazos, al entender el participante una burda manipulación, una capa de maquillaje participativo que realmente no es tal. En el peor de los casos, se hace partícipe a la gente para lograr una aprobación colectiva de decisiones previamente tomadas.

Hace no mucho se activó un proceso participativo en el que la ciudadanía podía elegir entre 3 modelos de intervención de un espacio público. Se presentaron los 3 proyectos y la ciudadanía debía votar, es decir, elegir cuál de los tres les parecía mejor. El proyecto más votado saldría adelante. ¿Por qué se hizo así? 

¡La gente no puede generar un proyecto de intervención, un proyecto de obra!”, decían desde los despachos.

Sí, es cierto, pero el diseño del proceso de toma de decisiones tampoco identificó una fase en la que poder preguntar a las/os vecinas/os por los atributos que se deberían tener en cuenta en el territorio a intervenir, por las oportunidades que se debían generar en el nuevo espacio, por las carencias actuales que deberían cubrirse. Nunca se les hizo partícipes para, juntos, definir de manera colectiva la situación de partida. Este diseño participativo provocó el rechazo incluso de los agentes sociales más activos, que veían una clara perversión de la participación ciudadana.

La participación genuina parte siempre de una definición conjunta de los problemas a los que hay que buscar una solución. Todos los agentes son necesarios para construir conocimiento, desde sus posiciones y sus sesgos. Esto implica adoptar una actitud distinta, no paternalista, que empieza con la invitación a todos a pensar los problemas, pues por mucho que imaginemos, no se pueden sustituir los contextos en los que cada cual está inmerso y dan sentido a lo que se vive, porque no se pueden sustituir los desafíos que cada cual siente al pensar un problema o sus alternativas, ni podemos sustituir el pasado con el que cada cual concurre a la hora de relacionarse.

En definitiva, a la hora de diseñar procesos participativos no se trata de pensar que los ciudadanos son irresponsables porque solo piensan en que les sea arreglada su acera, o que los empleados son unos vagos que solo quieren cobrar a final de mes. Y tampoco podemos actuar de manera paternalista o excesivamente intervencionista en las sesiones de facilitación, por creer que solo así nos aseguramos que los resultados serán mejores. De esta manera tácita estamos sospechando también de los participantes.

*La hermenéutica de la sospecha y la hermenéutica de la recuperación son conceptos que encontré hace tiempo en una magnífica publicación sobre procesos participativos que se puede descargar desde el Instituto de Estudios Avanzados del CSIC: La democracia en acción: una visión desde las metodologías participativas. En cualquier caso, ambos son conceptos extraídos tanto de Paul Ricoeur y Scott Lash, con un fondo filosófico y sociológico de mucha más enjundia de lo aquí superficialmente expuesto.

**Todas las imágenes son obra de Andrés Rábago, El Roto.

La imagen destacada del artículo es de Gerd Altmann en Pixabay.

Nacho Muñoz

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